martes, 20 de septiembre de 2016

Otoño 2016


¡Ven a recibir el Otoño con nosotros!
El Arte de la Aceptación
Charla por Yanet García
Día: Miércoles 21 de septiembre
Hora: 7:00 a 8:30 pm
Lugar: M E Z C L A
Font Bernard #4. Los Prados
Teléfono: 809-482-2845
Charla libre de costo: Llamar para reservar

lunes, 8 de agosto de 2016

Acerca de la iluminación


Pregunta: ¿Qué es la Iluminación?

Echart Tolle: Un mendigo había estado sentado a la orilla de un camino durante más de 30 años. Un día pasó por allí un extraño. “¿Tienes algunas monedas?”, murmuró el mendigo, estirando mecánicamente el brazo con su vieja gorra. “No tengo nada que darte”, respondió el extraño. Y luego preguntó, “¿Qué es eso sobre lo que estás sentado?”. “Nada”, replicó el mendigo, “sólo una caja vieja. He estado sentado sobre ella desde que tengo memoria”. “¿Alguna vez has mirado en su interior?”, preguntó el extraño. “No”, respondió el mendigo, “¿Para qué? No hay nada adentro”. “Echa una ojeada”, insistió el extraño. El mendigo logró entreabrir la tapa. Para su asombro, incredulidad y euforia, descubrió que la caja estaba llena de oro.

Yo soy ese extraño que no tiene nada para darte y que te dice que mires en tu interior. No dentro de alguna caja -como en la parábola- sino en un lugar aún más cercano: dentro de ti mismo. “Pero no soy un mendigo”, te puedo oír decir.

Aquellos que no han descubierto su verdadera riqueza -la brillante joya del Ser y la profunda e inalterable paz que se encuentra en ese lugar-, son mendigos, aún cuando tengan gran riqueza material. Buscan externamente desechos de placer o plenitud -para la validación, la seguridad o el amor-, mientras en su interior tienen un tesoro que no sólo incluye todas esas cosas, sino que es infinitamente más grande que cualquier cosa que el mundo pueda ofrecer.

La palabra “iluminación” evoca la idea de algún logro sobrehumano, y al ego le gusta verlo así; sin embargo, se trata simplemente de tu estado natural sentido de unión con el Ser. Es un estado de conexión con algo inconmensurable e indestructible, algo que, casi paradójicamente, eres tú en esencia y que, sin embargo, es mucho más grande que tú. Es el encuentro de tu verdadera naturaleza, más allá de nombres y formas. 

La incapacidad de encontrar esta conexión da origen a la ilusión de separación de ti mismo y del mundo que te rodea. Te percibes entonces a ti mismo, consciente o inconscientemente, como un fragmento aislado. Surge el temor, y el conflicto -interno y externo- se vuelve habitual.

Me gusta la sencilla manera en que el Buda define el estado de iluminación: “el fin del sufrimiento”. ¿Hay acaso algo sobrehumano en esto? Por supuesto, como definición es incompleta. Sólo te dice lo que la iluminación no es: no es sufrimiento. Pero, ¿qué es lo que queda cuando ya no hay sufrimiento? El Buda guarda silencio al respecto, y su silencio implica que tendrás que descubrir eso por ti mismo. 

Utiliza una definición negativa, de modo que la mente no pueda transformarlo en algo en qué creer o en algún logro sobrehumano, en una meta que te sea imposible alcanzar. A pesar de esta precaución, la mayoría de los budistas sigue creyendo que la iluminación es para el Buda -no para ellos- al menos por esta vida.

Pregunta: ¿Cuál es el mayor obstáculo para experimentar esta realidad?

Eckhart Tolle: La identificación con tu mente, lo que hace que el pensamiento se vuelva compulsivo. No poder dejar de pensar es una espantosa calamidad, pero no nos damos cuenta de esto porque casi todo el mundo la sufre, así que es considerada “normal”. Este ruido mental incesante te impide hallar ese dominio de quietud interna que es inseparable del Ser. Esto también crea un falso “yo” -fabricado por la mente-, que extiende una sombra de temor y sufrimiento. Examinaremos todo eso en más detalle más adelante.

El filósofo Descartes creyó haber encontrado la verdad más fundamental cuando formuló su famosa frase: “Pienso, luego existo”. De hecho, expresó con eso el error más fundamental: igualar el pensar con el Ser y la identidad con el pensar. El pensador compulsivo -y casi todo el mundo lo es- vive en un estado de aparente separación, en un insanamente complejo mundo de problemas y conflictos continuos, un mundo que refleja la creciente fragmentación de la mente. 

La iluminación es un estado de “completitud”, de “ser uno”, y por tanto se está en paz. Se es uno con la vida en su aspecto manifiesto -el mundo- así como con tu yo más profundo y la vida no manifiesta -uno con el Ser-. La iluminación no es sólo el fin del sufrimiento y del continuo conflicto interno y externo, sino también el fin de la horrible esclavitud del pensar incesante. ¡Qué increíble liberación es!

Identificarte con tu mente genera una cortina opaca de conceptos, etiquetas, imágenes, palabras, juicios y definiciones que impiden toda relación verdadera. La cortina se interpone entre tú y tú mismo, entre tú y los demás hombres y mujeres, entre tú y la naturaleza, entre tú y Dios. Es esta cortina de pensamiento la que crea la ilusión de la separación, la ilusión de que hay un tú y un “otro” enteramente separado. 

Olvidas entonces la realidad esencial de que, debajo del nivel de las apariencias físicas y las formas separadas, eres uno con todo lo que existe. Con “olvidas”, me refiero a que ya no logras sentir esta unión como una realidad evidente por sí misma. Puedes creer que es así, pero ya no sabes si lo es o no. Una creencia puede ser tranquilizadora. Sólo es liberadora, sin embargo, a través de tu propia experiencia.

Pensar se ha vuelto una enfermedad. La enfermedad se presenta cuando las cosas se desequilibran. Por ejemplo, no hay nada malo con que las células se dividan y multipliquen en el cuerpo, pero cuando este proceso prosigue en forma independiente del organismo completo, las células proliferan y tendremos una enfermedad.

La mente es un instrumento soberbio si la usamos correctamente. Si se le usa en forma incorrecta, sin embargo, se vuelve muy destructiva. Para ser más preciso, no se trata tanto de que uses tu mente del modo incorrecto -en general no la usas para nada-. Ella te usa. Ésa es la enfermedad. Crees que eres tu mente. Ese es el delirio. El instrumento se ha apropiado de ti.

Pregunta: No estoy enteramente de acuerdo. Es cierto que pienso mucho sin sentido alguno -como la mayoría de las personas-, pero aún puedo utilizar mi mente para lograr cosas, y hago eso todo el tiempo.

Eckhart Tolle: Sólo porque puedes resolver un acertijo de palabras o construir una bomba atómica, no significa que puedes utilizar tu mente. Tal como a los perros les encanta morder huesos, a la mente le encanta hincarle sus dientes a los problemas. Es por eso que resuelve acertijos y construye bombas atómicas. A ti no te interesan esas cosas. Permíteme preguntarte esto: ¿puedes liberarte de tu mente cada vez que quieres? ¿Has hallado el botón que detiene todo el mecanismo?

Pregunta: ¿Te refieres a dejar de pensar? No, no puedo hacerlo, excepto quizás por unos instantes.

Eckart Tolle: Entonces la mente te utiliza a ti. Inconscientemente, te has identificado con ella, de modo que ni siquiera te das cuenta de que eres su esclavo. Es casi como si fueses poseído sin darte cuenta: crees que la entidad que se posesionó de ti eres tú mismo.


La libertad se inicia dándote cuenta de que no eres esa entidad que se posesionó de ti -el pensador- Saber esto te permite observar a la entidad. Apenas comienzas a observar al pensador, comienza a activarse un nivel más alto de conciencia. Comienzas entonces a darte cuenta de que hay un enorme ámbito de inteligencia más allá del pensamiento, y que ese pensamiento es sólo un diminuto aspecto de esa inteligencia. También te das cuenta de que todas las cosas que realmente importan -la belleza, el amor, la creatividad, la alegría, la paz interior- tienen su origen más allá de la mente.

Entrevista a Eckhart Tolle
   

domingo, 31 de julio de 2016

Padre, papá, papi, pa…




Carl Gustav Jung dió a conocer el término arquetipo cuando lo empleó para designar el modelo a partir del cual se configuran las copias. El arquetipo del padre combina el talento para crear, con la capacidad de proteger a los demás.

Tiene una función simbólica que nos remite a:

Identidad
Reglas
Herencia
Poder
Conquista
Protección
Provisión
Respeto
Límites
Orden
Logros
Disciplina
Trascendencia
Honor
Autoridad.

Según haya sido la relación con el padre, será la relación que cada persona pueda tener con estas cualidades a las que  les dará significados distintos de acuerdo a su experiencia.

Nina Canault en su libro sobre la función paterna: ¿“Comment paye-t-on les fautes de ses ancêtres”? (Cómo paga uno los errores de sus ancestros), hace referencia a una entrevista hecha a Didier Dumas, un psicoanalista especializado en el tratamiento de niños psicóticos, en la que el psicoterapeuta responde muchas dudas y preguntas sobre la relación padres-hijos.

El psicoanálisis le dedica un lugar muy importante al padre. Para Freud, el padre es el lugar en el que se forman los ideales con los cuales el niño construye mentalmente su futuro y crece. Para Lacan, el padre es aquel a través del cual llega la psicosis, en caso de que su función simbólica no haya sido reconocida en el seno de la familia.

Didier Dumas es un gran defensor de la función paterna aún en estos tiempos cuando esta función está perdiendo espacio en nuestra sociedad, tras haber sido una de las piezas clave de la organización jerárquica del poder y de la familia. Para él, acoger a un niño sin padre -tal y como lo favorecen hoy en día las leyes y la medicina- tiene consecuencias dramáticas para la psique humana.

Las mujeres que crían sus hijos ellas solas se ven obligadas a sustituir el padre por terapeutas. Una madre sin padre es, para un niño una situación sin puerta de salida. Si uno lo es todo para su madre, y viceversa, será muy difícil dejarla sin que se produzca cierto drama.

A nivel global, nuestra sociedad sufre una carencia espiritual cuya primera manifestación es la exclusión del padre. El individuo no puede ser completo si se considera a sí mismo solamente como el producto del cuerpo de su madre. El hombre y la mujer transmiten tanto el cuerpo como el espíritu. La madre se relaciona más con el cuerpo físico, ya que el niño se forma en su vientre y tiene un contacto estrecho con su propia carne.

En cambio, el padre es especialmente responsable de la construcción mental. Ya que no puede llevarlo en su vientre, sólo dispone de su cabeza para poder acogerlo, concibe al hijo como el producto de intercambios y transmisiones mentales. El padre determina la rectitud, la conciencia y el honor.

Si, en el seno de una pareja, la mujer no puede soportar o le disgusta que su hijo se identifique con el padre; si ella ya no está enamorada del padre de su hijo, la consecuencia es que la conexión mental queda rota. El padre al no poder hablar de estas cosas con su mujer, pierde el medio que le permite darse cuenta si su hijo se identifica con él.

De esta manera, la madre impedirá al niño construirse mentalmente, le impedirá pensar y comportarse de forma autónoma, ya que la identificación con el padre es la que modela esto.

Cuando un padre da su nombre a su hijo, no se limita a cumplir son una simple formalidad sino que lo está acogiendo en su psique, para que pueda echar raíces en la suya. Le ofrece un lugar a partir del cual el niño podrá establecer sus límites, sus ideales y su propio poder.

La construcción mental del niño sigue las mismas pautas que la del cuerpo, se elabora en base a unos materiales psíquicos recogidos desde el exterior: las palabras y pensamientos de sus progenitores. Si la madre no le proporciona al hijo un padre con el cual identificarse, corre el riesgo de no poder ser nada más que la fotocopia de su mamá.

Lo que permite a un niño ser él mismo y evolucionar es la posibilidad de extraer materiales psíquicos, tanto de su padre como de su madre, para luego poder proseguir esta búsqueda fuera de su familia e identificarse con todos los seres humanos. Pero en un principio, todo se apoya sobre el derecho a identificarse con el padre.

Aquí es donde las mujeres encontramos muchas dificultades; no le pedimos a los hombres que sean padres, sino que nos ayuden a ser madres. En fin de cuentas, les pedimos que se hagan cargo de las carencias que tenemos de nuestras propias madres. Cuando tenemos hijos, repetimos a la propia madre y esa carga que ponemos en la relación le impide a nuestros hombres ser auténticos padres.

Así llegamos a una situación cuya gravedad no debe subestimarse: el número de familias monoparentales es cada vez mayor, sin contar con el hecho de que uno de cada dos niños no vuelve a ver a su padre tras el divorcio de sus progenitores.

Las creencias materialistas han contribuido a disolver muchos pensamientos saludables con relación al arquetipo del padre. La paternidad ha sufrido una degradación en el seno de la familia, actualmente nadie parece saber a ciencia cierta para qué sirve un padre. La ciencia también ha contribuido, reduciendo al padre a unas gotas de esperma que se utilizan para que una mujer pueda ser madre, sin ninguna consideración hacia el padre.

El paso del estado de hombre a  padre no es tenido en cuenta en nuestra cultura. En cambio, es común que la mujer que está embarazada sea sostenida en su transformación por la pareja, la familia, los amigos, su médico y la sociedad en general. Tampoco suele ser respetado el duelo de un hombre cuya pareja ha decidido abortar en contra de la opinión de él .

Hoy día existe una alianza oculta entre las madres y los médicos, que ha relevado el tradicional dúo entre los sacerdotes y las devotas del siglo XIX, que en su momento dejaba a un lado a los padres.

Que las madres se apoyen en la Iglesia, en la medicina o en las leyes, en vez de hacerlo en el hombre con el que han concebido a su hijo, conduce irremediablemente a un incesto virtual madre-hijo en el cual el padre es excluido. Todas estas fórmulas llevan al niño a ser la única fuente de placer y satisfacción de su madre.

Todos venimos de un padre y una madre. Solo cuando hemos podido "tomarlos" completamente a ambos, nos sentiremos completos. Para quien lo ha logrado, la vida es un lugar seguro y amoroso donde nos realizamos y expresamos a plenitud.


¡Feliz día de los padres!

jueves, 28 de julio de 2016

24 Señales de que vas bien...



La mayoría de nosotros está mejor de lo que se reconoce a si mismo. Usualmente, estamos haciéndolo mejor de lo que creemos Estamos tan ocupados con los afanes diarios, que se nos pasa tomar un tiempo para reconocernos, agradecernos y motivarnos a nosotros mismos.

Este listado puede funcionar para que hagas una revisión rápida de tu vida:.

1. Tus relaciones tienen mucho menos drama que antes.
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2. Puedes no tener todo el dinero que los demás o tú desearían, pero vives una vida próspera.

3. Puedes pedir la ayuda y apoyo que necesitas.

4. El lugar en donde vives es un hogar.

5. Haz subido tus estándares.

6. Dejas ir las cosas que no te hacen sentir bien.

7. Los momentos en los que aprecias lo que ves en el espejo son frecuentes.

8. Estás trabajando en limitar a tu crítico interno, o elegir conscientemente pensamientos más positivos.

9. Has aprendido que el fracaso y los obstáculos son parte del crecimiento personal.

10. Tienes un sistema de apoyo que incluye a personas que harían cualquier cosa por ti.

11. Escuchas “Te quiero” frecuentemente de tus amigos, familia o pareja.

12. Haz aceptado lo que no puedes cambiar, pero cambiado lo que no puedes aceptar.

13. No te quejas demasiado, sino que te enfocas en encontrar soluciones.

14. No culpas a tus padres, y los tomas tal y como son.

15. Estás feliz cuando tu (s) pareja (s) les va bien.

16. Puedes celebrar el éxito de otros.

17. Te permites sentir tus emociones, y te sientes cómodo compartiéndolas.

18. Tienes pasiones que llenan de energía tu vida.
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19. Eres capaz de aceptar cumplidos sin desviarlos.

20. Tienes cosas que aprecias.

21. Tienes metas que se han cumplido.

22. Tienes empatía por otros.

23. Te sientes conectado a tu trabajo.


24. Amas profundamente, y puedes abrirte y ser amado por otros.