Cultivar la
soledad.
Ella no estaba acostumbrada a paladear las alegrías
Edith Wharton.
Soy inmensamente afortunada por contar con un valioso tiempo de soledad.
Como trabajo en mi casa, mientras muchas personas están en los
congestionamientos de tránsito, para dejar sus hijos en la escuela o llegar a
su trabajo, estoy en casa con el pijama puesto todavía reflexionando sobre mi
día, o leyendo algo interesante para estimular mis pensamientos. No conozco una
mejor manera de estar que sola. Podemos hacernos ilusiones de estar acompañados
para ahogar nuestros miedos en el otro, pero una y otra vez la realidad nos
muestra que después de cada vivencia profunda nos sentimos solos.
Antes, también era experta buscando lugares que me permitieran estar a
solas. En la universidad, me escapaba a un parque lejano y poco visitado por
los estudiantes. Cuando estaba casada,
subía a leer al techo mientras los niños tomaban la siesta. En el tiempo que
trabajaba afuera, visitaba una pastelería italiana poco conocida que hace una exquisita
panna cota, un
postre típico de la región del Piamonte que consiste en crema de leche cocida,
azúcar y canela. Los fines de semana, mi lugar
favorito para escapar era la playa. Los domingos que me quedaba en la ciudad, visitaba
una librería en la que los paninis y las ensaladas son una delicia.
A veces, es
necesario ir a otra parte para cultivar la soledad. Lord Byron, poeta británico, conocía bien esto cuando dijo: “Sólo salgo para renovar la necesidad de estar solo”. Uno de los placeres en este viaje fueron los
encantadores momentos de soledad. La diferencia fundamental entre un viaje de
turismo y un viaje sagrado es la manera en que usamos el tiempo. Durante 15
días, hicimos largas caminatas para llegar a lugares apartados en los que
celebramos las ceremonias, enfocamos nuestra atención en la singular belleza de
la naturaleza, hicimos ofrendas a la Pachamama, limpiamos nuestros cuerpos
físicos de los pesares de las cargas ancestrales, nos relacionamos desde el
cooperativismo donde todo lo que teníamos estaba al servicio de quien lo
necesitara y agradecimos profusamente en cada acto ritual.
Osho decía que cuando el amor es profundo nos hace conscientes de la
soledad, y no de la compañía. Paradójicamente, si algo es profundo nos aleja de
la periferia de nuestro ser para conducirnos a nuestro centro. El centro es el
único lugar donde podemos experimentar un autentico gozo. Esto es posible
porque para regresar al centro es necesario renunciar a todo. Cualquier cosa,
situación o persona que odiemos o que amemos tendrá el dominio sobre nosotros,
y para llegar al centro es necesario ser libres.
La tristeza o el miedo de dejar a otros es una razón importante, por la
que mucha gente evita las experiencias que son trascendentes. El filosofo alemán Friedrich Nietzsche escribió: “La valía de un hombre se mide por la cuantía de soledad
que le es posible soportar". Después de entregarnos totalmente a nuestro amante en un orgasmo,
escuchar con deleite la magistral interpretación de un concertista, mirar el
espectáculo brindado en un amanecer, despertar la conciencia con las inspiradas
palabras de un conferencista, o entrar en la profundidad de una poesía, nos
embriaga la tristeza.
Con mucha frecuencia, la gente elige no entregarse, no ir a los
conciertos, no levantarse a ver el amanecer, no asistir a conferencias, no leer
poesía, no admirar la belleza, no orar, no meditar y evitar todo lo que amenace
con ser muy profundo. De este modo, el precio que pagamos por evitar
la tristeza que precede a la soledad, es sentirnos sofocados por la compañía. Quien no sabe poblar su soledad –decía el poeta francés Charles
Baudelaire-tampoco sabe
estar solo entre una multitud atareada.
Una cosa es la soledad, y otra muy diferente es sentirse solo. Sentirse
solo en realidad significa que estamos extrañando a otro. Cualquier excusa que utilicemos para
olvidarnos de nosotros mismos y mantener
dormida nuestra consciencia, se convertirá en “otro” que al faltar nos hará
sentirnos solos. Dependemos de “eso” para no estar tristes, pero como en
realidad el deseo es estar con nosotros, resentimos su presencia cuando nos
acompaña. La soledad es tremendamente bella porque
es profundamente libre. Valorar esto es un indicador de que ya no necesitamos
al otro, porque nosotros mismos somos suficientes.
Osho dice: “Cuando estás solo, eres rico, cuando te
sientes solo eres pobre”. El que se siente solo es un mendigo; el que está
solo es un emperador. Una de las maneras mas frecuentes en que las mujeres de
estos tiempos nos victimizamos es la creencia de que los momentos de soledad
son una frivolidad que no podemos permitirnos. Vemos la soledad como un lujo
del que podemos prescindir, en vez de una necesidad creativa que nos facilita
la sanación. Hace un par de décadas, cualquier mujer era lo suficientemente
sensata como para comprender que tener tiempo libre, para cuidarse, mimarse y
consentirse, es una necesidad vital y no una ostentación egoísta.
Usualmente, mis días en Santo domingo terminan
cuando cierro mi lap top alrededor de las 4:00 a.m. En Chontachaca, la reserva
ecológica en la selva del Amazonas donde estuvimos una semana, la ausencia de
energía eléctrica favorecía que me retirara a descansar antes de la medianoche.
Una de esas noches, pedí a mis animales de poder orientación, a través de mis
sueños, para ver el propósito de mi viaje. Esa noche, tuve un revelador sueño
con una persona que fue mi pareja sentimental hace más de una década. Pude reconocer
aspectos de la relación que en todo este tiempo no había integrado.
En las siguientes noches, mis sueños fueron
mostrándome otras parejas significativas, hasta que llegué a la comprensión de
que había sido una mendiga de amor. Cuando lo compartí con unas amigas, me
respondieron que no me veían así. Nadie nos conoce más que nosotros mismos.
Para mucha gente, puede resultar difícil imaginarme deprimida, quejándome de mi
apestosa existencia, llorando desesperadamente por las injusticias de la vida,
y agotada de tener que lidiar con mis vacíos y carencias. Sin embargo, durante
mucho tiempo viví en esa “falsa realidad”.
Ama tu soledad -recomendaba Rilke- y soporta el sufrimiento que te causa. En la selva, pude ver que tenía miedo de re-caer en mis viejos patrones
de dolor, donde cada ruptura amorosa me enfrentó de modo tan cruel con la niña
herida que se sentía sola. Inconscientemente, creí que una relación ponía en
riesgo a la Karina que ha encontrado el sabor sagrado de la soledad, y disfruta
de un modo grandioso su propia compañía. Greta
Garbo, la diva sueca de los años nunca dijo que quería estar sola. Decía:
“Quiero que me dejen sola”.
En la actualidad, el rostro de la Garbo es considerado el más perfecto del
séptimo arte hasta el punto que el semiólogo Roland
Barthes lo considera el “arquetipo
del rostro humano”. Ramón Novarro, su co-estrella en la película Mata Hari refiriéndose a ella dijo: “Ella es
todo lo que uno podría soñar. Además de hermosa, es seductora, llena de
misterio, con una lejanía que sólo los hombres comprenden, porque esa es una
cualidad que usualmente sólo se encuentra en los hombres.”
El nombre que llevamos es el contenedor para nuestro destino. Conocer su significado
es una tarea que debemos realizar. Mi madre me ha dicho que eligió “Ana Karina” por el remake de la película de
Greta Garbo. Basado en el laureado libro
del escritor ruso León Tolstoi, la historia narra la trágica pasión amorosa de
Ana, casada sin amor con el ministro Karenin, al escapar a Italia con Vronski, un
joven militar del que se enamora perdidamente y al que cela enfermizamente.
Este domingo, continuaré la exploración que inició en el Parque Nacional
del Manu. Iré a una tienda de videos para alquilar “Anna Karenina”,
estoy convencida que la caracterización que hace Greta, de la desesperación
amorosa de mi tocaya, me puede dar más información sobre la manera en que he
amado, y el precio que me ha costado.
Karina.
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