miércoles, 22 de agosto de 2012

Día 35; Cuarenta días de purificación en el agradecimiento consciente.


Entrenarnos para ser felices.



Los hombres olvidan siempre que la felicidad humana
es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias.

John Locke.


Esta semana, varias personas del grupo de los trece me han comentado que extrañan la felicidad y serenidad que disfrutamos en Perú, especialmente durante el tiempo que estuvimos en la selva. Algunos, llegaron inclusive a expresar que “aun estaban allá”.  Estas conversaciones me han llevado a reflexionar sobre aquello que ocurre cuando “perdemos” nuestra felicidad. ¿Cómo podemos pensar acerca de estas cosas sin filosofar?

Así, me llegó la famosa frase del pensador griego Parménides: “El Ser es, el no Ser no Es”. Para él, el Ser no cambia porque es el principio que da origen a todo nuestro contenido. El Ser es un arquetipo, un modelo a partir del cual se generan las copias. Como el Ser no puede ser engendrado, el Ser simplemente Es. Inmutable, único, eterno e indivisible. El pensamiento que Parménides expresa en su frase supone una distinción entre el Ser que es y el Ser que no es.

Cuando estamos identificados con el Ser auténtico (el Ser que es) todo nos pertenece y no somos dueños de nada. Esta es la visión andina de la vida, la que nos sintonizó con la felicidad y la serenidad que ahora se extraña. En cambio,  si nos identificamos con el Ser inauténtico (el Ser que no es) todo dependerá de otros seres que no son él. Si el Ser está “compuesto” es inauténtico (ser en otro) y si no podemos reducirlo a otros seres es el Ser “esencial” (ser en si).

Hace algunas semanas, asistí a una charla con Walter Riso en la que dijo: “La felicidad no existe, solo podemos tener momentos felices”. Su visión de la impermanencia de la felicidad se sumó a mi reflexión. ¿Qué hace que nos perdamos la felicidad? El Filósofo francés Voltaire dijo: “Buscamos la felicidad, pero sin saber dónde, como los borrachos buscan su casa, sabiendo que tienen una”. La imagen de esta frase es simpática, pero la vivencia es de una total confusión, indefensión y desorientación.

Una famosa historia sufí ilustra claramente lo absurdo de nuestra búsqueda de felicidad:

Una tarde, Rabiya -una mística sufí- estaba buscando algo en la calle, junto a su pequeña choza. Se estaba poniendo el sol y la oscuridad descendía poco a poco. La gente fue congregándose, y le preguntaron:
-¿Qué haces? ¿Qué se te ha perdido? ¿Qué estás buscando?
Ella contestó:
-Se me ha perdido la aguja.
La gente dijo:
-Se está poniendo el sol y va a resultar muy difícil encontrar la aguja, pero vamos a ayudarte. ¿Dónde se te ha caído exactamente? Porque la calle es grande y la aguja pequeña. Si sabemos exactamente dónde se ha caído resultará más fácil encontrarla. 
Rabiya contestó:
-Más vale que no me preguntéis eso, porque en realidad no se ha caído en la calle, sino en mi casa.
La gente se echó a reír y dijo:
-¡Ya sabíamos que estabas un poco loca! Si la aguja se ha caído en tu casa, ¿por qué la estamos buscando en la calle?
Rabiya replicó:
-Por una razón tan sencilla como lógica: en la casa no hay luz y en la calle aún queda un poco de luz.
La gente volvió a reírse y se dispersaron. Rabiya los llamó y dijo:
-¡Escuchadme! Eso es lo que hacéis vosotros. Yo me limitaba a seguir vuestro ejemplo. Os empeñáis en buscar la dicha en el mundo exterior sin plantear la pregunta fundamental: «¿Dónde la he perdido?». Y yo os digo que la habéis perdido dentro. La buscáis fuera por la sencilla y lógica razón de que vuestros sentidos están abiertos hacia el exterior: hay un poco más de luz.

Vuestros ojos miran hacia fuera, vuestros oídos escuchan hacia fuera, vuestras manos se tienden hacia fuera; por eso estáis buscando fuera. Por lo demás os aseguro que no la habéis perdido ahí, y lo digo por experiencia propia. Yo también he buscado fuera durante muchas, muchas vidas, y el día que miré dentro me llevé una sorpresa. No hacía falta buscar y registrar; siempre había estado dentro.

Karina.
(Parte I)