viernes, 7 de diciembre de 2012

La culpa.


La culpa siempre tiene que ver con una relación. Su primer efecto consiste en que separa. Pero solo de una determinada manera. Pues también vincula, aunque a distancia. Así como la culpa separa, también libera, tanto al que se ha hecho culpable como a aquel ante el que la hemos contraído. Sin em­bargo, siempre de una determinada manera.
Cuando se trata de la culpa en relación a la vida de otro, esta nos obliga a asimilarnos o igualarnos a él. Pues la separación causada por esa culpa no puede mantenerse. Igualándonos al otro, por ejemplo aceptando un destino similar a raíz de la culpa, el otro se abre a nosotros. Vuelve a admitir­nos en su cercanía, incluso en su corazón. Ambos aceptamos las consecuencias de la culpa, él como víctima, yo como victi­mario. Ponemos la mirada sobre nuestro destino común, nos resignamos ante el y nos disolvemos en el, quedando vincu­lados a la vez que separados por ese destino.
Esto se puede aplicar también a una culpa de alcance menor. Separa y libera para lo que le es específico. Pero cuan­do esto se cumple en la aceptación del destino propio e ine­ludible, sin reparar en el esfuerzo que nos exija a mi y al otro, nos unimos ala vez que nos volvemos libres uno del otro, gra­cias a algo que nos supera considerablemente a ambos.
Algunos creen haberse cargado de culpa incluso frente a Dios. Pero el que se siente culpable ante Dios pierde la relación con el otro, con quien ha contraído la culpa. Interpone entonces a Dios entre el y el otro. Y aleja a la culpa y sus con­secuencias en lugar de afrontarlas cara a cara.
¿Pero cómo podría uno con traer una culpa con Dios sin sacarlo del cielo y de su luz inaccesible, atrayéndolo hacia sus propias tierras bajas? En lugar de honrarlo, lo deshonraría.
Como la culpa tiene, en ultimo término, un efecto purifi­cador y perfeccionante para todos los implicados, sean actuantes o sufrientes, supera a su contrario en fuerza y poder creador y esta, por tanto, más cerca de lo divino -cualquiera que sea lo que intuyamos detrás de este concepto- y sin embargo indeciblemente lejos.

Bert Hellinger; Pensamientos divinos.

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