sábado, 21 de julio de 2012

Día 13; Cuarenta días de purificación en el agradecimiento consciente.


Amar al niño interior.



Mi dicha, mi pena, mi esperanza, mi amor,
¡Todo se movía en el interior de este círculo!
Edmund Waller.

La mayoría de los problemas que tenemos en nuestras relaciones tienen su origen en nuestro desconocimiento para intimar con nuestro propio niño interior. Todos los conflictos que vemos afuera, son el reflejo de lo que llevamos dentro. Gran parte de nuestros enfrentamientos con los demás, en realidad son luchas que tenemos con el niño herido y asustado que hay dentro de nosotros.



En este sentido, cada roce de convivencia es una maravillosa oportunidad para sanar nuestras lesiones emocionales. En un momento donde no hay tiempo que perder, este viaje fue un procedimiento intensivo de sanación. En cada ritual, ceremonia, celebración, intervención, movimiento o encuentro que sostuvimos, una herida de nuestros corazones fue limpiada, desinfectada, curada, cerrada, honrada, bendecida, asentida…



Baruch Spinoza dice: “No llores, no te indignes. Comprende”. El movimiento de sanación nos toma toda la vida. Es mantenernos enfocados en el proceso y reafirmar nuestra decisión de sanar lo que nos cura, no el resultado final. Cuando creemos que hemos llegado, nos percatamos de que hemos recorrido todo ese trayecto tan solo para volver a empezar. El viaje de sanación es una espiral en la que hacemos el ascenso en círculo.



Jung pensaba que la experiencia espiritual del “self”, que en otros modelos le llaman “ser real” o “yo autentico”, solo puede realizarse mediante la circunvalación. En su libro “El encanto de la vida simple”, Sarah Ban Breathnach dice que en cada vuelta que damos en la rueda de sanación, el panorama se abre un poco más.



Louise L. Hay dice:


Uno de los asuntos más importantes que necesitamos comenzar a abordar es la curación del olvidado niño interior. Muchos de nosotros nos hemos pasado demasiado tiempo sin hacer caso de nuestro propio niño interior. Tengas la edad que tengas, hay en tu interior un pequeño que necesita amor y aceptación.



Si eres una mujer, por muy independiente que seas, tienes en tu interior a una niña muy vulnerable que necesita ayuda; si eres un hombre, por muy maduro que seas, llevas de todas formas un niño dentro que tiene hambre de calor y afecto. Cada edad que has vivido está dentro de ti, dentro de tu conciencia y de tu memoria.



Cuando éramos niños y las cosas iban mal, solíamos pensar que algo no funcionaba bien en nosotros, que teníamos algo malo dentro. Los niños piensan que si pudieran hacer las cosas bien, sus padres (o quien sea) les amarían y no les castigarían ni les pegarían. Así pues, siempre que el niño o la niña desea algo y no lo obtiene, piensa: “No valgo lo suficiente. Soy anormal, un retrasado”. Entonces, cuando nos hacemos mayores rechazamos ciertas partes de nosotros mismos.



A estas alturas de nuestra vida, ahora mismo, es necesario que empecemos a hacernos íntegros y a aceptar cada parte nuestra: la que hacía el tonto, la que se divertía, la que se asustaba, la que era estúpida y boba, la que llevaba la cara sucia. Todas y cada una de nuestras partes. Creo que por lo general nos desconectamos, nos cerramos, alrededor de los cinco años.


Tomamos esa decisión porque pensamos que algo no funciona bien en nosotros y ya no queremos tener nada que ver con ese niño o niña que somos. También llevamos a nuestros padres dentro. Tenemos en nuestro interior al niño y a sus padres. La mayor parte del tiempo el padre (o la madre) reprende al niño, casi sin parar. Si prestas atención a tu diálogo interno, podrás oír el sermón. Podrás escuchar cómo papá o mamá le dice al niño que está haciendo algo mal o que no sirve para nada.



Lógicamente, entonces comenzamos una guerra con nosotros mismos; empezamos a criticarnos de la misma forma en que éramos criticados: “Eres un estúpido”, “No sirves para nada”, “Otra vez la has fastidiado”. Se convierte en costumbre. Cuando nos hacemos adultos, la mayoría de nosotros no hacemos el menor caso de nuestro niño interior, o lo criticamos igual como nos criticaban. Continuamos con la pauta una y otra vez.



Karina.

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